miércoles, 9 de febrero de 2011

Sumisa

 No temo el tiempo que impone el olvido haciendo que los recuerdos vayan dejando de ser nítidos.
 Quedaté conmigo y siguemé, necesito que crees más recuerdos que yo, jamás, olvidaré.
 Este mundo se hace demasiado pequeño para nosotros dos ¿No crees? ¿No quieres más? Vamos, dejaté llevar...
 Voy a arrastrarte a un lugar que queda muy lejos de ser maravilloso, es vulgar, mundano... en fin, todo lo que es una gran ciudad. Pero es el camino que nos conducirá a lo que anhelamos o... algo que si me da miedo, a lo que anhelo.
 ¿Qué anhelas tú? Necesito saberlo... ¿Qué piensas? ¿Dónde quieres ir? Hay que decidir.
No puedes depender de las decisiones de los demás, de mis decisiones, tienes que saber lo que quieres en cada momento. ¿Qué es lo que más te apetece?
¿Y a ti? dirás como haces siempre.
 Desaparecer, huir, esconderme... llámalo como quieras. Sé, y he sabido siempre, que no quiero seguir aqui. Quiero irme lejos, muy lejos... pero temo que aunque estés a mi lado yo llegue a irme más lejos de lo que tu querrías y decidas.
Y si decides seguir tu vida sin mi, pues se consciente de que te llevarías la mía contigo... no la desperdicies, por favor, una segunda es muy valiosa
...
Pero, te quiero tanto... se que todo el poder está en tus manos porque haría cualquier cosa que me pidieses, incluso seguir encerrándome en mi habitación cada uno de mis días si eso fuese necesario.

domingo, 6 de febrero de 2011

Una tarde de domingo

He intentado escapar del tiempo infinidad de veces, todas ellas absurdas.
Aspiraba a que eso que se escapa de las emociones pero no se acerca al sentimiento y que nos invade cada tarde de domingo desapareciese.
Para ello comencé con algo fácil como el de reemplazar todos y cada uno de los relojes por nada más que aire. Ni se me ocurría mirar el calendario, pues no necesitaba saber en que día me encontraba, yo solamente me encontraba. 
Pero mi obsesión llegó más lejos, llegué a la conclusión de que el paso del tiempo lo producían los segundos que producían minutos que a su vez provocaban horas; las cuales originaban días y días que creaban semanas. Por lo que decidí en no seguir con ellas. Creí que si me iba lejos, fuera de la rutina, dejaría de distinguir entre un lunes de un sábado pero no hallé lugar en el que no se percibiera.
Al límite ya de perder la cordura vi un poco de luz y volví a mi lugar de procedencia pero no para quedarme como lo hacía habitualmente si no, para encerrarme en mi mundo. Al principio únicamente evitaba los espejos, cristales, etc en definitiva: mi reflejo que pudiera advertirme con mi aspecto cuanto había pasado.
Pero ya entrada en la locura llegó un momento en que ni si quiera sacaba mi cabeza por la ventana para no sentir la brisa fresca de la mañana con el  olor que traía tantos recuerdos. No, no podía, el ver como se ponía y escondía el sol ya me producía demasiado dolor como para soportarlo.
Y cuando ya no había nada que pudiera salvarme de lo obvio y natural, fue cuando perdí la cabeza por completo. Evitaba cualquier luz del exterior, no podía mirarme las manos pues empecé a sentir como mi piel se desgastaba.
Ya no hablaba, mi voz de cada vez era más débil y lo peor de todo evitaba el recordar pues los recuerdos no son más que un testigo del tiempo.
Y al fin, en el momento de mi muerte como si del Quijote aprendiese, fue cuando lo comprendí. Había intentado huir de lo inevitable en vez de aceptarlo, asumir que no había nada que hacer contra ello. Y por ese motivo ya (no por el hecho de no querer recordar) no pude hacerlo... toda mi vida había estado no lo que yo creía, huyendo, si no corriendo tras del tiempo en vez de disfrutarlo, saborearlo, vivirlo.