Como siempre he dicho todo en esta vida es efímero, ese es el por qué de la belleza en todos sus estados, pero nunca comprendí cuanta era la razón que atrapaban esas palabras, como de efímeras eran las cosas. Ahora sí, supongo que ya soy capaz de rozarlas con la punta de mis dedos, tal vez, algún día, con la yema.
Los amigos, esos que te prometen que estarán ahí siempre, los que te convencen de ello y viceversa para luego, en el más mínimo cambio (ya sea malo o bueno) desaparacen. Pero desaparecen porque quieren, lo necesitan, les apetece o simplemente para luego volverse a aparecer. Y esto es, bienvenido juego, otro de los bucles más largos en esta eterna existéncia del ser.
¿Y qué se le puede hacer? Nada. Tú puedes buscar ese algo que ha desaparecido en tu vida pero de ellos dependerá que la encuentres, al fin y al cabo si uno de verdad no quiere ser encontrado se esforzará lo suficiente para ello. Si lo encuentras, es que jamás quiso desaparecer por completo aunque fuese, unicamente, a modo de comodín.
Comodín, esta palabra rebota en mis recuerdos. Yo soy esa carta, me tocó ese rol. Cuando la gente ya está aburrida de la rutina, acuden a mí, yo, que soy lo más antirutina que existe. ¿Y por qué? Supongo porque sé que soy capaz de caer en ella y eso es algo que odio e intento evitar por todos los medios, unas veces lo consigo y otras, como estos días, no.
Vosotros pensaréis, ya entrado el tema, eso no son verdaderos amigos. Tal vez, tal vez no en estos momentos, pero lo fueron. De verdad que lo fueron, con todas sus ganas y entusiasmo una vez me hicieron reír y me ayudaron, otras me entristecieron y buscaron consuelo en mis palabras y también les correspondí. Es cierto, tal vez ahora no sean los amigos que una vez fueron pero ¡oye! serlo... lo fueron y se que lo serían, y volverían a ser. Pero soy demasiado orgullosa para pedirles que vuelvan por mílessima vez.

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