jueves, 3 de junio de 2010

Etiam et volo



Siento atrás de mí como tus piernas me aprietan con fuerza, como tu aliento recorre mi espalda, como me desgarras la piel. Me estremezco con el hiriente frescor de la sangre que se corre en el camino anteriormente dibujado por tus labios, y encuentro en ese incesable dolor el placer. Me retuerzo de mil formas que desconocía mientras intento salir a flote en un mar de sudor y flujos. Me envuelvo ingenuamente en tus violentas caricias y vuelo alrededor de tu cintura tratando de encontrar lo que anhelamos, ese camino que nos llevará de vuelta a la felicidad. Mejor, incomparable. Pierdo el conocimiento, me descontrolo y ya no puedo pararlo, ni quiero hacerlo. Incesantes escalofríos me envenenan junto a tus miradas deseosas e impacientes que me gritan, suplicando, que siga, que continúe, que no pare. Me enloqueces, te ansío. Te busco bajo las sabanas e intento deshacer el nudo que hicieron tus dedos con los mechones de mi cabello. Subes, bajas y yo me desvanezco. Deliro y ya apenas soy consciente de nada más que no esté en contacto con mis sentidos. Muerdo fuertemente tus labios hasta hacerlos llorar, corto el aire que se cuela entre los pocos milímetros que hay entre nuestros cuerpos y pongo, totalmente, tu cintura contra la mía. Me aferro a ti convirtiéndonos en uno solo. Y cuando creas que ya no cabe nada, tú empuja un poco más para así poder perderme definitivamente.
No me importaría no volverme a despertar siempre y cuando recuerdes este momento tal y como yo lo recuerdo: el mejor de los errores.

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