viernes, 23 de julio de 2010

Desvistamos la superficialidad

Cuando me miro al espejo, no puedo evitar desviar la mirada, posándola en aquel mar ebrio que había creado, anteriormente. En el que los barcos eran trozos de cristal de las botellas marchitadas, podridas como mi alma.

Hacía unas horas atrás, el sol de la mañana había bañado mi rostro despertándome, así, de los sueños más profundos y anhelados. Al levantarme alargué la mano en busca de la Ginebra que, el día anterior, había calmado mis ansias de morir y ayudado a seguir viviendo, arrastrándome al sufrimiento. Al llevármela a la boca se derramó y mis labios no pudieron frenar el río que se originó por mi cuello bajando por mis pechos hasta el ombligo. Me hallaba desnuda en medio de una habitación desordenada y caótica, parecía reflejar mi yo no poético. Decidí levantarme, tambaleándome y chocando con inexistentes objetos, la garganta me ardía. Llegué al lavabo y en la bañera encontré un surtido de ampollas vacías: Baylis, Whisky, Absenta… Un gran repertorio de sabores y aromas. No recordaba nada y esa imagen me sorprendió.

Ahora, me agarro en el marco de la puerta conteniendo el crecimiento de unas semillas de lágrimas alcoholizadas. Me planto frente al lago cristalizado que cuelga de la pared y, cuando me miro al espejo no puedo evitar desviar la mirada, posándola en aquel mar ebrio que había creado, anteriormente. En el que los barcos eran trozos de cristal de las botellas marchitadas, podridas como mi alma. No puedo ser yo, la chica que me ha mirado desde el otro lado. Debajo de esos frascos que contienen mágicos remedios veo el uniforme del trabajo, salto y aparto los navíos de encima del vestido. Me corto por todas partes y me empapo las manos de sangre. Cuando las heridas empezaron a dolerme más que la vida misma corrí a abrir los grifos, dejar que el agua los limpiase y me aliviara. Mientras tanto el espejo parecía entonar una melodiosa canción que me inducía a alzar la mirada. Seducida por tal canto lo hago y ahí me veo: Con el pelo revuelto, los ojos rojizos adornados por un color morado en la parte inferior, los labios deslucidos, las manos llenas de un líquido que conjunta, a la perfección, con mi barra de labios y me hallaba totalmente desnuda. ¿Quién era? No me reconocía ¿Qué era? Solamente un cuerpo sin ningún tipo de identidad. Sentía que había perdido mi filiación. ¿Qué podría pensar la gente, de mi, si me viese así? ¿Cómo podrían argumentar, intuir, que clase de persona soy, que ideales sostengo, gustos, personalidad, estilo, que forma de vida llevo, si no doy ninguna señal? ¡Ellos no podían sospechar de mí, de mi vida, de la vida que llevo! Si saliese por las calles sin ropa no podrían prever ¡imaginar! A que religión o creencia pertenezco, por ejemplo. ¡No sabrían nada de mí cuando, yo, podría saber todo lo irrelevante de ellos! Sonrío, me llevo las manos a la cabeza y corro. Corro, libremente y sin ataduras, hacía un nuevo día en un nuevo mundo. Mantenía los ojos, previamente, cerrados aguardando el momento oportuno para abrirlos. El frenesí era, ahora, el dueño de mi cuerpo y mis acciones. La impulsividad se apropia, nuevamente, de mi responsabilidad ¡Nunca me había sentido tan viva! Abro la puerta que me separa de los murmullos, acusaciones, reacciones de la gente y salgo, me doy cuenta de ello porque noto el calor del sol en mi piel. Había olvidado, también, esa sensación de bienestar, vuelvo a sonreír con ganas e, inconscientemente, abro los ojos. ¡¿Qué ven!? Innumerables cuerpos despojados de sus, habitualmente, prendas ejerciendo sus habituales rutinas ¿Quiere decir que, al fin y al cabo, todos somos iguales? Se necesita mucho más que un espejo para mostrarnos la capacidad de cada uno de nosotros. Desvistamos la superficialidad.

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