sábado, 10 de julio de 2010

El pescador 3


Capítulo III

Tras esa experiencia el niño no volvió a salir de su casa en mucho tiempo, ni si quiera para ver las estrellas y enumerar nuevas constelaciones. Hasta que se aburrió y decidió dejar de atormentarse, ya era mayor y entendía al mismo tiempo que suponía que tan solo fueron imaginaciones suyas, que no existió ni existe tal pájaro. Esa noche fue a la ciudad y como no había salido durante años por aquel traumático encuentro tenía abundantes ahorros que no había despilfarrado aún, por lo que decidió gastarlos en un telescopio y una cámara fotográfica. Entusiasmado se plantó en su jardín y se instaló en aquel lugar convirtiéndose en parte del paisaje. Nada extraño, media noche y ni rastro del pájaro. Parecía confundido, disgustado… tal vez guardaba alguna esperanza de que existiese, la curiosidad le invadía y ya no se conformaba con los cometas o nuevos planetas. Sus fotografías empezaban a repetirse y eso le aborrecía, por lo que fue a por más. Se adentró en el bosque, por aquel camino que lo llevaría de vuelta al lago. Las plantas se transformaron en las principales protagonistas de sus fotografías hasta que llegó a las faldas de aquellas montañas y sin darse cuenta el agua ya le llegaba por los tobillos. Se vio envuelto de millones y billones de luciérnagas, eso le encantó ya que le recordaban a las estrellas… pequeños pedacitos del cielo caídos y volando a su alrededor. Ensimismado con aquella imagen, unas risitas escampadas por todas partes le despertaron. Múltiples grititos incómodamente sensuales llegaron a sus oídos en forma de susurros y ecos. Era la risa de una chica multiplicada por un millón o billón de voces. Al fin llegó ese acontecimiento extraño, diferente, poco común, raro, ligeramente alejado de lo posible y lógico que esperaba.
- ¿Me recuerdas Nicolás? – dijeron aquellas vocecillas.
- ¿Cómo olvidarte? Te temí por ignorante y ahora te velo por curioso ¿Qué eres esta vez?
- Soy lo que te rodea o como tu nos llamas: pequeños pedacitos del cielo caídos. Soy cada una de estas luciérnagas.

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